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domingo, 4 de noviembre de 2007

Lost in Traslation VIII - Kibune y Kioto

Lost in Translation VIII – Kibune y Kioto

Jueves 16 de agosto

Como todos los días, nos despertamos, viene Rumiko a recogerlo todo y a preparar el desayuno. Estamos cansadísimos, sinceramente, nos hemos levantado y ya nos duele todo el cuerpo... ¡y lo que nos queda!

Después de desayunar y arreglarnos, nos vamos al teatro Minamiza, donde hemos quedado con Ai-chan y Fumi-chan, que nos tienen una sorpresa preparada (no sabemos dónde vamos ni nada... ¡es todo sorpresa!). Las chicas no sueltan prenda, pero nos hacen ir hasta una esquina donde supuestamente nos recoge un mini-bus. Allí esperamos un buen rato, y a la hora a la que debería llegar el mini-bus, allí no hay rastro de mini-bus ni ostias, no aparece nada, por lo que les empezamos a preguntar. Al final nos cuentan la sorpresa: vamos a comer a un restaurante de Kibune, una zona de naturaleza al norte de Kioto. Finalmente, justo cuando Fumi ya estaba llamando al restaurante para saber qué pasaba, aparece el mini-bus. El trayecto no es corto, así que llegamos a Kibune sobre las 11:00h. Las chicas nos llevan directamente al restaurante, que básicamente está encima del río, con una serie de plataformas de madera sobre la que hay esteras de paja japonesas (tatami) a dos palmos del río, en plena naturaleza, utilizando los saltos que hace el río Kibune para colocar estas plataformas que sirven de comedores. Es precioso, la verdad, muy muy muy bonito, como se puede ver desde nuestra mesa, que además está en un extremo de una de las plataformas:

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Comemos un menú de degustación fijo, increíblemente japonés: todo es a base de pescado… y algunas cosas, sinceramente, ¡son muy raraaaaaaaaaaaas! Jejejejeje… Y todo hecho a base de pescado, ¡claro! Luis no para de hacerme reír, porque al tercer plato, empieza a sospechar por dónde van los tiros, y le dice a Laura por lo bajo "seguro que esto que viene ahora tiene algo de pescado" y en efecto, lo que viene es una sopa bastante sosilla con un cacho de pescado dentro, y además, nos seguimos riendo porque en la mesa de al lado hay una pareja comiendo un delicioso shabu-shabu, que desprende un olor riquísimo… ¡y nosotros venga a comer pescado! Que si sashimi de carpa (pobres pececillos, nunca podré mirarles igual… y qué duros están los cabrones, buecs), que si pescadito en sopa, que si pescado frito con la boca abierta (y los ojitos mirándonos con cara de pena, ^_^), que si hojas de árbol en tempura... en fin, un menú increíblemente japonés. Algunas cosas estaban buenas, sí, otras, ejem, fueron un poco más complicadas de tragar... ¡y venga a darle al sake! (todos lo hemos hecho de niños, no? Aunque con agua, claro! Nosotros en este caso, con sake y cerveza :P). Podéis ver a Luis y a Fumi y Ai comiendo, y luego una foto de los dos que nos hizo Ai con la cámara de Luis:

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Después de comer, vamos a dar una vuelta por la zona y entramos en el santuario de Kibune, muy famoso entre los jóvenes solteros, pues se dice que el santuario ayuda a encontrar pareja. Todos nos reímos y animamos a Ai-chan a pasear por ahí y rezar a los dioses, ya que todavía sigue soltera, ^_^. Además, todos compramos el "mizu-omikuji", un papel en blanco que, al ponerlo en el agua, te da a conocer tu futuro ¡cómo mola! Luego, lo típico es doblar ese papel y atarlo en un punto del santuario, si es que te ha salido mal, pero al final, todos los japoneses, les salga un futuro bueno o no, lo acaban atando, y como no podíamos ser menos, nosotros también lo atamos (aunque el de Laura es bueno, y el de Luis mejor todavía). En primer lugar, podéis vernos en las escaleras que suben al santuario, y luego a Luis colocando su "mizu-omikuji":

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Paseamos un poco más por la zona y como el transporte público brilla por su ausencia, decidimos ir andando hasta la estación de tren, tardando más de 20 minutos en llegar hasta la estación. El paisaje es precioso, pero estamos cansados y el paseíto se nos hace bastante cuesta arriba, sinceramente (aunque curiosamente sea cuesta abajo :P). Además, no hay aceras, sólo carretera, y el tráfico es bastante denso (mucha gente tiene fiesta, por el Obon), por lo que caminar por ahí resulta, a veces, casi peligroso...

Como esta mañana nos hemos olvidado los regalitos que habíamos traído de España para Ai y Fumi, decidimos ir los cuatro al ryokan, y así descansamos un rato, charlamos, les enseñamos fotos de los días anteriores y les damos los regalitos. Naturalmente, al rato viene Rumiko con un matcha y unos pastelitos. La pobre no sabía que teníamos visitas (no lo habíamos dicho en recepción nosotros), así que sólo trae dos tazones, pero amablemente nos dice que va a traer dos más para nuestras amigas, ¡ole! Y así estamos un buen rato, bebiendo té, tomando dulces, viendo fotos y charlando un rato. Finalmente, las chicas deciden volver a Nara, así que nos despedimos hasta la próxima (que será en España, eh, ¿chicas? ^_^).

Cuando nos quedamos solos, decidimos ducharnos, relajarnos un rato y descansar, antes de vestirnos de nuevo y salir, que hemos quedado con Yuko-chan para ver uno de los festivales estrella del verano en Japón: el Daimonji de Kyoto, que realmente se llama Daimon-ji Gozan Okuribi. Para la ocasión, Laura y Yuko han quedado en ponerse ambas los yukata, jejejejejee.... Primero, Laura en el Yasaka Jinja, justo al lado de nuestro ryokan, vestida a la manera tradicional para las fiestas, con su yukata:

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Así que a las 19h, nos encontramos a la salida de la estación de Demachiyanagi y cogemos posiciones en el puente, que es justo donde se bifurca el río Kamo, y deja ver varias de las colinas que rodean Kioto. Estamos en el puente, por cierto, a pesar de que los policías no paran de decir que no podemos quedarnos ahí. Pero, oye, si los japoneses, tan educados ellos para algunas cosas, no les hacen caso, nosotros tampoco. De todas formas, jamás en la vida habíamos visto policías con tan poco poder de convicción, por dios, jejejejeje... Así que allí nos quedamos, a esperar que empiece el espectáculo. Podéis ver a Laura y a Yuko-chan, guapísimas las dos con sus yukatas:

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El Daimon-ji es una fiesta que se celebra para despedirse del alma de los antepasados, dando fin a las festividades del Obon: se encienden enormes hogueras en cinco montañas en forma de kanji (ideogramas de origen chino, que forman la base del idioma japonés escrito) y otras imágenes. Charlamos un buen rato en el puente, esperando que empiece el espectáculo y finalmente, desde nuestra posición, disfrutamos de dos fuegos claramente. Primero, el clásico y más importante de todos, el kanji con el significado de "grande" (), que es el primero que encienden. Es increíble, ¡estamos tan cerca! El ambiente es impresionante… Y con el teleobjetivo, el kanji se ve bastante bien:

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Seguidamente, a los cinco minutos, siguiendo el horario marcado con precisión milimétrica, y un poco más lejos, vemos cómo se enciende otro de los fuegos, el kanji de , la segunda parte de un compuesto (妙法) que comúnmente se traduce como ‘ley divina'. El kanji que nosotros vemos está justo enfrente, mientras que el que le precede está al otro lado de la montaña, imposible de ver desde nuestra posición. Aquí podéis ver el segundo kanji que vimos:

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Cuando ya nos vemos, en la lejanía, y medio tapado por algún edificio, vemos un tercer fuego, el dibujo del barco (llamado funagata), que lleva a las almas de vuelta a su mundo. Nos quedan dos fuegos por ver, el hidari-daimonji (otro kanji de grande, un poco más pequeño que el principal) y el dibujo del torii. Y es que esta es una de las características del festival: es imposible ver los cinco fuegos desde un mismo sitio, imposible, cosa que suele ocurrír en muchos sitios japoneses, como en los jardines zen de arena y piedras, en los que nunca puedes ver todas las piedras te pongas donde te pongas.

Cansados de estar de pie y del gentío, decidimos coger el metro de vuelta al centro de la ciudad, bajamos en Shijo (una de las avenidas más céntricas y concurridas de Kioto) y allí paseamos por las callejuelas paralelas a Pontochô en busca de un restaurante de yakiniku (especialidad de origen coreano que consiste en diversos tipos de carne que te cocinas tú mismo en una plancha, y se acompaña de salsas). Por el camino, nos encontramos a una auténtica maiko-chan de Pontochô que se mete en un taxi junto a un cliente, jejejejeje. El restaurante de yakiniku que nosotros conocemos está a tope de gente y tenemos que esperar bastante, así que decidimos cambiar de planes e ir a una izakaya (bareto o taberna de estilo japonés). Vamos a una muy chula que conoce Yuko, pero también está a tope… empezamos a pensar que todo va a estar igual, pero tenemos suerte y en otra izayaka sí encontramos mesa. Y, bueno, pasamos una noche muy agradable, charlando y comiendo muchísimo: que si yakitori, que si chahan, que si gyoza, que si rollitos de aguacate, que si una tortilla que sabe parecido al okonomiyaki... todo regado con cervezas y cócteles a base de Calpis (una de las bebidas favoritas de Luis y también de Yuko-chan). Lo pasamos en grande y Laura despierta admiración en la mesa de al lado, pues le dicen que está muy guapa con el yukata, jejejejee.

Lo pasamos de vicio, pero cuando ya es bastante tarde, nos despedimos de Yuko (¡¡¡a la que esperamos ver pronto por Madrid!!!!) y nos vamos al ryokan a dormir. Estamos tan cansados que ni ofuro ni ostias, directamente al futon a dormir, jejejejee…

Próximo capítulo: Kanazawa

lunes, 15 de octubre de 2007

Lost in Traslation VI - Kyoto

Lost in Translation VI – Kioto

Lunes 13 de agosto

Poco antes de las 8h de la mañana, nos levantamos, nos arreglamos, cogemos nuestras cosas y hacemos el check-out. Qué gracia, la mujer de la recepción se acuerda de nosotros (debemos ser los únicos extranjeros), porque nos pregunta que qué tal el Awa-Odori, qué gracia. Hablamos un ratito, intercambiamos opiniones y ale, a la estación. Y como ayer nos gustó el “Vie de France”, repetimos, jejejeje. Además, es que hacen unos green tea latté con hielo que están de vicio :D

A las nueve y media cogemos el shinkansen Hikari a la antigua capital de Japón: Kioto. Al llegar, cogemos el metro hasta Sanjo-keihan y desde ahí cruzamos por uno de los barrios más tradicionales de la ciudad, Gion, hasta llegar al santuario del barrio, el Yasaka-Jinja. Según nuestro mapa, nuestro hotel está muy cerquita, justo delante de la entrada sur, pero no hay manera de encontrarlo… ¿dónde está? ¿Por qué no lo vemos? La razón la entendemos cuando por fin encontramos el ryokan: ¡está todo escrito en japonés! En ningún sitio pone nada en inglés y ni siquiera pone 'ryokan' en japonés, ni el nombre del establecimiento en caracteres romanos, sólo el nombre en kanji: 火田中 (hatanaka).

En fin, dejamos las maletas entre reverencias y mucha educación (el ryokan es increíblemente bonito y está muy bien atendido) y, sudando como pollos, nos vamos al santuario Yasaka-Jinja, uno de los favoritos de Laura en Kioto, cariñosamente llamado “Gion-san”, por ser el santuario del barrio de Gion, aunque es una pena porque la entrada principal por la avenida Shijo está en obras y está tapada, pero por dentro sigue siendo igual de bonito que siempre:

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Desde ahí, bajamos por la calle Shijo, cruzamos el puente sobre el río Kamo (ved la foto siguiente) y acabamos paseando por una de las callejuelas más famosas de la ciudad, Pontocho (uno de los barrios de geishas más tradicionales de Japón, también, a la izquierda en la foto) con la idea de ir a ‘nuestro’ sitio favorito de takoyakis y comer un poco. El sitio, sin embargo, está cerrado, así que cambiamos de plan y vamos a un restaurante de tonkatsu (cerdo empanado) muy chulo. Comemos un tonkatsu maravilloso, mojándolo en una salsa a base de sésamo que hemos machacado nosotros mismos, ñami.

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Estamos cansados, así que decidimos volver al hotel, que ahora ya podremos entrar a nuestra habitación. El chico de recepción nos acompaña a nuestra habitación... ¡este ryokan es espectacular! Y nuestra habitación, ¡más todavía! Qué grande, qué lujazo…

Descansamos, llamamos a Yuko para quedar, ya que ella pasa unos días en Kioto antes de irse de vacaciones a Escandinavia, llamamos a Noriko y a Yori y Kinko (antiguos estudiantes de Laura de español de cuando ella estudió allí) para quedar mañana, nos duchamos, nos ponemos unos trajes de algodón del hotel, especiales, y de golpe, llaman a la puerta. Es Rumiko, que nos acompañará durante toda nuestra estancia en Kioto. Viene vestida con kimono y nos traer un té matcha y un pastelito de arroz. Se sienta con nosotros, nos ofrece el té y nos pregunta a qué hora vamos a salir esta tarde, para venir a la habitación a preparar los futon para la noche y también a qué hora queremos que venga a despertarnos, a recoger los futon y a servirnos el desayuno, ¡oleeeeeeeeeeeeeeeeee! Nos quedamos solos y disfrutamos de nuestro té matcha y del pastelito de arroz envuelto en una hoja… es de mochi (pasta de arroz), por lo que a Laura no le gusta demasiado, pero a Luis le encanta… ¡Luis se pone las botas! Aunque eso sí, lo que cuenta es el detalle, jejejeje.

Un rato más tarde, salimos, cruzamos el Yasaka-jinja y nos encontramos con Yuko. Vamos los tres juntos a dar un paseo por Gion, en busca de maikos y geishas. Se nota que estamos en Obon y que las chicas probablemente han vuelto a sus casas para reunirse con sus familiares, porque el ambiente está muy tranquilo. Mucho turista… y poco más.

Vamos hacia Pontochô, con la idea de sentarnos en una de las terrazas que dan al río Kamo, pero está todo reservado hasta pasadas las nueva de la noche, así que cambiamos de plan. Vemos que el sitio de los takoyakis está abierto, así que pedimos unos cuantos (y debemos caerle bien al chico, porque nos da dos de más), compramos algo de beber, nos sentamos a orillas del río y… ¡a comer! ^_^ Mirad la cara de disfrute de Yuko:

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Cuando ya ha anochecido y tenemos el culo cansado de tanto estar sentados en la orilla del río (aunque charlamos y nos reímos un montón), decidimos ir a la planta 10 de un edificio cercano, donde hay un bar de copas. Allí nos tomamos unos cócteles primero, y luego una cervecita (Luis se pide una Kirin Ichiban, que es la releche de buena) charlamos y lo pasamos en grande. Al final, nos despedimos de Yuko y volvemos al hotel, donde ya nos espera la maleta que enviamos desde Kagoshima (bueno, lo hizo la madre de Yuko por nosotros), encontramos los futones preparados y los yukatas esperándonos. Además, en la recepción nos dicen que ha llamado Yori y que mañana sí pueden quedar con nosotros, así que buenas noticias. Nos damos un ofuro calentito en el baño de madera, nos ponemos los yukata y a dormir.

Martes 14 de agosto

A las 7:55h nos llama por teléfono Rumiko, para despertarnos. Viene a los pocos minutos: nos trae un té y el periódico para ir haciendo tiempo mientras ella recoge los futones, coloca la mesa y nos sirve el desayuno. Y, ¡qué pasada de desayuno! Arroz blanco, sopa de miso, pescado, pescaditos pequeños, encurtidos, tofu, chawan-mushi, fruta... Increíble. Y si no lo creéis, ved, ved:

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A las 9h, salimos a turistear. Cogemos un bus de una de las tres líneas especiales que han puesto hace poco en Kioto para llegar a todos los sitios especialmente turísticos, para visitar uno de los templos favoritos de Laura, el Ginkaku-ji o pabellón de plata. En 1482, el shogun Ashikaga Yoshimasa contruyó aquí una villa como un apacible refugio del caos de la guerra civil. En teoría, tal como su nombre indica, el templo debería haberse cubierto con láminas de plata, pero el deseo del shogun nunca se hizo realidad…

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De vuelta al centro, paramos en el Heian-Jingu, pasamos por debajo de su enorme torii y nos acercamos a este maravilloso complejo de templos que se construyó en 1890 para conmemorar el 1.100 aniversario de la fundación de Kioto. Los edificios son vistosas copias, reducidas a dos tercios de su tamaño, del palacio imperial del período Heian. Maldecimos la luz, que es malísima para hacer fotos y que quema todos los cielos, y buscamos el mejor ángulo, pero está complicado. Ved primero el torri grande grandísimo, y luego el santuario por dentro:

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Sudando, cogemos el autobús de vuelta al ryokan. Mientras Luis se da una ducha, Laura se encuentra con dos viejos conocidos: Yori y Kinko. Yori había sido estudiante de Laura en su época de estudiante en Kioto. Al jubilarse, la pareja se trasladó a Barcelona, donde vivieron unos años hasta volver a Japón. Hacía tiempo que no nos veíamos, así que era emocionante verles de nuevo. Pedimos un taxi y todos juntos nos reunimos con Noriko (otra estudiante de español de Laura) en Gion, donde vamos a comer a un restaurante muy pijo, ¡ole! Comemos varios platos, todo cocina moderna y de autor y charlamos un buen rato… en japonés, eso sí, que a los dos se les ha olvidado mucho el español, ¡ay! Una foto de grupo, a la entrada del restaurante:

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Después de comer y charlar un buen rato, nos despedimos y cogemos el autobús a uno de los templos obligados de Kioto, el Kinkaku-ji o pabellón dorado. El edificio original fue construido en 1397 como villa de retiro del shogun Ashikaga Yoshimitsu, pero su hijo lo convirtió el templo. Sin embargo, en 1950, un joven monje consumó su obsesión por el templo y lo redujo a cenizas (tal como narra la novela "El Pabellón Dorado" de Yukio Mishima). Cinco años más tarde, finalizó la reconstrucción recubriéndolo con el original pan de oro.

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Volvemos al centro, aunque primero volvemos al barrio de geishas de Gion, para ver si esta vez vemos alguna, y tenemos suerte, porque encontramos una maiko, o aprendiza de geisha:

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Luego cruzamos el Yasaka-Jinja y vamos hacia Maruyama-koen, uno de los parques más amplios de Kioto, pero nos dejamos llevar por los farolillos que empiezan a iluminarse, seguimos su camino por una cuesta y acabamos llegando al Kôdai-ji, templo fundado en 1605 en el que los niños han participado dibujando y colgando muchos farolillos para las festividades de Obon. Al lado del templo, hay un cementerio también lleno de farolillos iluminados, en el que las familias, todas juntas, van a poner incienso a sus muertos, para guiarlos de vuelta a 'su mundo’, tal como indica el Obon, como se puede ver en la fotillo del cementario aledaño al templo:

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Volvemos al hotel y al poco rato, viene Rumiko con un té y unos pastelitos. Confirmamos la hora y charlamos un poco: que si qué hemos hecho, que qué tal, que dónde vamos a ir por la noche… ¡qué simpática es! Nos tomamos el té, descansamos un ratito y ale, salimos otra vez cargados con nuestras cámaras y el trípode, hacia el Kiyomizu-dera. Sí, sí, a pesar de que ya ha anochecido podemos entrar al templo porque hoy se celebra un festival, el Sennichi-mairi. Durante dos días en agosto, para celebrar el obon, el templo abre sus puertas por la noche, se ilumina y por única vez en el año, abren las puertas del altar. El camino de subida al Kiyomizu se hace bien, aunque el cansancio va pudiendo con nosotros, que estamos que no paramos, jejejeje. Al llegar, el espectáculo de la entrada es increíble, ¡qué bien iluminado está todo!

Después de unas cuantas fotos, llegamos a la cola para entrar en el altar y ahí nos metemos, que es una vez al año. Al alcanzar la entrada, pagamos 100¥ extras, nos descalzamos, nos agarramos a una cuerda a modo de barandilla y bajamos escaleras hasta llegar a la más absoluta oscuridad. No se ve nada de nada de nada. Caminamos despacio, flipados porque no sabemos de qué va todo esto, hasta llegar a una piedra, iluminada, en medio de una sala, con una kanji tallado en la piedra, y nada más. No nos dejan detenernos, volvemos a la oscuridad más absoluta y finalmente vemos algo de luz, ¡por fin salimos! Qué experiencia más rara... Lau afirma que ha pasado un poco de miedo, jejejejeje, mientras Luis dice que es muy zen, que te dejan entrar pero que casi no te enseñan nada… en fin.

Vamos hacia lo que es realmente el templo, un entramado de vigas de madera que se alzan sobre un acantilado y nos dirigimos directamente hacia el mirador, para verlo todo iluminado. Justamente desde la plataforma del mirador no podemos utilizar trípode, pero un poco más a la izquierda sí, así que allí nos plantamos, a hacer fotos de la iluminación nocturna. Primero de Laura, sobre la zona típica para fotos, en la que no dejaban poner los trípodes, y luego de un poquito más al lado, ya con trípode :D

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Al rato, bajamos la cuesta y alcanzamos el estanque, desde donde hay buenas fotos de la pagoda. Finalmente, salimos del templo… ha sido una visita espectacular, merece la pena. Bajamos por chawan-zaka de vuelta al hotel. Estamos muy cansados y encima tenemos hambre, pero se nos ha hecho tarde, así que paramos a comprar unos sándwiches y hamburguesas del Lawson, algo de beber, y vamos al ryokan a darnos un ofuro bien calentito y dormir.

Próximo capítulo: Osaka y Nara